Centro Histórico de Quito

Texto: Rómulo Moya Peralta Fotos: Rómulo Moya Peralta/ Trama

Un sentido de unidad se percibía claramente, a finales de los setenta del siglo pasado al recorrer las calles del Centro Histórico de Quito que en 1978 había sido designado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO, por su excepcional calidad urbana, arquitectónica y paisajística.

Quito, junto a Cracovia en Polonia, las primeras ciudades en ser designada con tan importante reconocimiento. Esa unidad la daba entre otras cosas el manto blanco que cubría las paredes del continuo de las casas, configurando el espacio público, solo alterado por las portadas de piedra que señalaban el ingreso o simples puertas pintadas de azul bajo severos dinteles, no podía el transeúnte imaginarse que tras ellas se desenvolvían uno o más patios, como en la Casa de los Siete Patios, ni que sus habitaciones albergaban numerosas familias; después se encontraba con los ensanchamientos de plazas y atrios, y con los acentos que provocaban profunda admiración, y lo siguen haciendo, las extraordinarias obras monumentales, en especial religiosas, que ostentaban el trazo vigoroso de la piedra cuyo color gris u otras ligeras tonalidades y porosidades delataba su procedencia. Había que penetrar tras sus sólidas y enormes puertas labradas para descubrir el deslumbrante trazado en color oro, o el rojo y los detalles de sus retablos y la rica imaginería barroca.Ese blanco continuo, sin embargo, ocultaba a primera vista la variedad de estilos adoptados a partir de la época republicana que ornamentaban las fachadas, y antiguas pinturas en los viejos aleros coloniales que se proyectaban sobre la calle.