Donde nace la Chuquiragua

Texto: Rómulo Moya Peralta Fotos: Rómulo Moya Peralta / Trama

A veces es necesario caminar en lo alto para descubrir la belleza, a veces es necesario rozar las nubes, para tocarla. Caminando en lo alto de los Andes ecuatoriales, donde el sonido del viento se transforma en el único silencio, se descubre entre las piedras, líquenes y musgos, la flor más bella, la flor de la Chuquiragua.

Cuando el oxigeno se empieza a apreciar más, cuando en cada paso cuenta el peso de la gravedad, y el territorio es yermo, poblado tan solo de piedras volcánicas, encontramos oasis de infinidad de verdes y de flores de fulgurantes colores, y belleza inaudita. Allí, mientras un conejo pasa raudo, un colibrí se detiene en el aire para beber el néctar más dulce que haya probado. Estamos a 4000 metros sobre el nivel del mar y la vida emerge aún, en este páramo que acaricia al cielo. Cuesta tanto crecer aquí, que la naturaleza busca tanto atraer como repeler, los arbustos, que quisieron ser árboles, pero no pudieron, y llegan a medir tan solo 1,5 m de alto se cubren de hojas de apenas un centímetro, duras, punzantes, puntiagudas. El conjunto de flores que nacen agrupadas de un mismo tallo, son muy compactas, con brácteas punzantes de color anaranjado.