Camino a Playa Escondida

Texto: Rómulo Peralta Moya   Fotos: Rómulo Moya Peralta / Trama
Texto: Rómulo Peralta Moya Fotos: Rómulo Moya Peralta / Trama

La mañana llega con el olor de las olas, el cielo está despejado hasta el horizonte. La brisa fresca se eleva hasta lo alto de este acantilado. El balcón está al borde del quiebre del terreno, es una vertical perfecta que se une a la arena blanca de la playa. La sensación de infinitud es sobrecogedora, hipnótica.

Siempre que veo el horizonte distante, vienen a mi los recuerdos de aquellas teorías descabelladas sobre la forma de la Tierra. Teorías de la que está poblada la historia y que nos enseñaban con extraña seriedad en la escuela primaria. Sonrío pensando que ese horizonte, esa línea recta que se curva, es el final de esta inconmensurable batea de agua y, que allí, hay una inmensa cascada por donde cae el agua hacia la nada, mientras dos tortugas que lo sostienen todo, incluso a dos elefantes subidos sobre ellas, hacen muecas porque el agua salada esparcida en miles de gotitas que les nublan la vista, entonces se sacuden y en algún lugar de la tierra se siente el temblor. No hay mejor lugar que estar frente al mar para despertar la imaginación, traer imágenes imposibles y luego despertar con el golpe atronador de las olas que marcan su imponente presencia al romper en su encuentro con la arena y las piedras, más aún en este pedazo de territorio, donde los cerros y el mar se juntan. Camino hacia donde se perciben los aromas de la comida del mar, que fue traída y es hecha por manos laboriosas activas desde alba. El plátano verde es moldeado como una esfera para hacer un delicioso bolón, acompañado con café recién pasado, son el alimento para la mañana. Sentado, veo la partida de los marineros solitarios en sus pequeños botes, introduciendo hombre y nave en el mar, por senderos invisibles para el profano, pero con la habilidad de quienes lo han hecho por generaciones. Así se adentran en las aguas de un mar que llega con mucho viento, olas y espumas.