El Voladero, la armonía y los frailejones

Texto y fotografías: Rómulo Moya Peralta
Texto y fotografías: Rómulo Moya Peralta

Es difícil describir el sonido del viento que nos abraza y las estelas de aire que dejan los pájaros. Es impresionante el latir de nuestro corazón cuando alcanzamos alguna de las pequeñas cumbres y descubrimos estos insospechados depósitos de aguas, milenarios. En el lugar todo lleva a sentir, a dejarnos llevar por la emoción, al goce de lo desconocido, al paisaje nuevo recién descubierto con asombro, al territorio ondulado cubierto por una piel vegetal dorada, que se extiende más allá del alcance de nuestra vista. Si quisiéramos al fin ponerlo en palabras, sería la descripción de un viaje a la prehistoria y al mismo tiempo al espacio desconocido de alguna estrella lejana a nuestro planeta.  El que ha vivido la experiencia del lugar, no puede sino contarla. Éste es el propósito de éstas líneas, el proponer una invitación que comienza tomando rumbo al norte, pasando la ciudad de Ibarra, llegando al dulce valle del Chota, hasta desviarnos al oeste por un camino bastante bueno, que nos conducirá hasta la ciudad de El Ángel, en la provincia del Carchi. En el trayecto a El Ángel, a medida que avanzamos por una ruta sinuosa, coloridas esculturas aparecen como hitos a la entrada cada poblado. Entre ciudades y pueblos, pequeñas y grandes parcelas cultivadas, van dejando un manto tejido de tonalidades verdes y terracotas, como obras de arte ancestral y moderno, pintadas sobre tierra fértil.   Estamos al norte de los Andes ecuatorianos, y al contrario de lo que pensábamos, la temperatura no es tan fría, por lo menos en estos meses de climas cambiantes.